El racismo es algo ajeno a la democracia, a los sentimientos y al modo de pensar de la mayoría. El patriotismo común y corriente es la base del racismo. La aversión de los racistas, cuya consecuencia extrema es la selección
según criterios raciales, se dirige contra los que no forman parte del propio Estado o del propio pueblo. Lo que los defensores de la moral
oficial no quieren aceptar es en el fondo bastante simple: la aversión
contra los extranjeros que no forman parte de nosotros supone
la idea de formar parte de una identidad colectiva que no sólo consiste
en estar sometido a un Estado particular, a su sistema económico...
Esta idea justifica todas las obvias oposiciones entre los
diferentes intereses sociales, las diferencias en la relación entre
prestación y retribución que dependen de la propiedad de la que uno
dispone, y justifica también la jerarquía de las profesiones y rentas:
en esta visión moral son contribuciones y contribuyentes que la
comunidad necesita para que la obra común funcione bien. Aunque
personalmente uno considere injusta su propia posición social, queda
fuera de dudas que la comunidad nacional debe procurar un orden en el
cual cada uno debe ser insertado. Con ello, ya no interesan los medios de los que disponen las diferentes clases de ciudadanos y que causan dependencias muy particulares: se interpretan y reconocen como partes integrantes de un orden
–uno de derechos y deberes– que necesita una comunidad para que
funcione. Un orden del que no sólo la autoridad debe ocuparse, sino al
que encima cada miembro de la comunidad, sea cual sea su posición social
y su importancia, tiene derecho.
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